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El rock progresivo había pasado de moda mucho antes de que a alguien se le ocurriera el término “gafapasta”; aunque en nuestro país, como en Italia, gozó de un auge tardío, sección “nacionalidades históricas”, por aquello del atraso secular, y porque los últimos hippies, como los neanderthales, se refugiaron en la Península Ibérica cuando ya se habían extinguido en otras latitudes. Al fin y al cabo, el punk nació básicamente como reacción contra el gusto que había encumbrado a grupos como Pink Floyd (en su encarnación post-Barrett), Genesis y los insufribles Yes -y no contra Margaret Thatcher, como repite tanto indocumentado. Pero ha sido quizás la invasión de lo modelno la que ha relegado definitivamente lo que aquí se llamó rock sinfónico a la categoría de las cosas que se recuerdan con embarazo indisimulado. No hace mucho pude leer cómo un gilipollas que toca en un grupito con nombre de juez de la Audiencia Nacional la emprendía contra el “percusionista de Pink Floyd”. Bueno, también la emprendía contra Aznar, supongo que va en el papel -y que conste que a mí también me cae gordo el percusionista de Pink Floyd, pero tú mucho peor, tonto del culo. Desde luego, la seriedad con que -en general, injustificadamente, hay que reconocerlo- se tomaban a sí mismos los cultivadores del rock progresivo está en los antípodas del cinismo postmoderno que se gasta, o cree gastarse, la parroquia gafapastil, y no es menos cierto que no hay cristo que aguante un disco doble de canciones de doce minutos con imaginería a medio camino entre Tolkien y los Teletubbies.

Con todo, el rock progresivo produjo canciones apreciables y discos interesantes, si no muy entretenidos. Ahí están, sobresaliendo entre el resto de bandas del movimiento, King Crimson. Y los arreglos de inspiración progresiva tuvieron su momento en los estudios de producción. El lector curioso puede comparar Islands de los citados Crimson -aquí, por ejemplo, “Sailor’s Tale“- y la archiconocida Mediterráneo de Serrat -que exhiben además alguna curiosa coincidencia temática-, o Leyenda del tiempo de Camarón. Yo les dejo con una interpretación por Genesis de “The musical box”, rescatada de la televisión belga. Para horror de la secta tonti-cool, dura más de nueve minutos y cuenta -es un decir- una historia no se sabe si dadá o gagá sobre homicidios en partidos de croquet, cajas de música con aparición fantasmal incluida y el Old King Cole. Pero da gusto ver a Phil Collins con flequillo y limitándose a cantar los coros y aporrear la batería. ¡Qué tiempos!

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